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Caligrafía

El calígrafo

L'ofici de cal.lígraf o escriba o copista o amanuense o pendolista o escrivà es remunta a la nit dels temps. És famosa la imatge de l'Escriba assegut, de l'antic Egipte. També són notòries les troballes d'equips d'escriptura de l'antic Egipte, que per altra part no són gaire diferents de l'actual equip d'escriptura de qualsevol cal.lígraf musulmà.

El oficio de calígrafo o escriba o copista o amanuense o pendolista o escribano, se pierde en la noche de los tiempos. Es famosa la imagen, del antiguo Egipto, del Escriba sentado. También cabe destacar los numerosos descubrimientos de equipos de escritura del antiguo Egipto, que, por otra parte, no difiere mucho del actual equipo de cualquier calígrafo musulmán.

Este oficio, antiguamente era considerado como de origen divino, ya que permitía gravar y transmitir la palabra de los dioses. Por ello, era un oficio de gran dignidad y de gran de respeto. De este concepto de sacralidad, que en occidente se perdió hará doscientos o trescientos años, algo queda en el mundo islámico y en el lejano oriente. En estas culturas, el calígrafo sigue siendo muy respetado y su obra merece decorar los salones de los más importantes palacios.

Uno de los motivos por los que occidente ha perdido este respeto hacia los calígrafos está precisamente en la desacralización de la sociedad a partir de los siglos XVI i XVII y especialmente desde la revolución francesa y el siglo de las luces. Esto conllevó que el calígrafo se convirtiera en un simple oficinista, lo que hoy llamaríamos "un machaca", que, como es evidente, no tiene ningún prestigio social.

La caligrafía, tal como hoy la conocemos, se limita al arte de la escritura sobre papel, pergamino o papiro.

En el scriptorium monástico medieval la copia de un códice era una tarea comunitaria dirigida por el magister del scriptorium. Unos preparaban los pergaminos, llamados pergamineros. Otros, los copistas, copiaban la parte del texto convenida y dejaban en blanco los espacios dedicados a las imágenes, también convenidos. Finalmente los miniaturistas o iluminadores (ilustradores) daban el color y la luz al texto, al tiempo que, con las imágenes, lo comentaban. A menudo la comunidad monástica rezaba para que la inspiración divina guiase la realización del códice.

 

Los utensilios

Desde el punzón y el cincel hasta el ordenador (moderna máquina de escribir) hay un sinfín de utensilios usados para dibujar y expresar las ideas en forma de letras o de ideogramas, es decir escribir.

Como que aquí hablamos expresamente de la caligrafía sobre papel, papiro o pergamino, entendida como un arte, nos olvidaremos de los utensilios mecánicos o digitales, y nos centraremos en los utensilios tradicionales de la escritura: el pincel (en el lejano oriente), el cálamo, la pluma de ave y la pluma metálica.

Para empezar el gran secreto de un buen cálamo o de una buena pluma está en el corte y también en el temple. El corte del cálamo o de la pluma de ave (la metálica no tiene este problema) define en buena medida la calidad de la letra. Cada maestro o escuela propone su corte, al igual que  cada caligrafía. Por ejemplo, en el caso del árabe se debe tener en cuenta, cuando el corte, que la pluma o el cálamo sube y baja sobre el papel, cosa que no sucede en nuestro alfabeto latino, ya que por lo general su caligrafía se realiza con trazos horizontales y descendentes.

El cálamo se hace a partir de la caña, mejor de bambú (es más resistente), que cortaremos de manera que nos quede como una lengüeta bastante fina, la punta de la cual recortaremos en sesgadura. Hay quien la divide haciéndole un corte en medio a fin de permitir un mejor flujo de tinta. Con todo, esta fluidez se obtiene cuando la lengüeta del cálamo está bien empapada de tinta.

La pluma de ave se puede cortar de manera semejante a como se hace el cálamo. Las plumas mejores son las remeras del ala derecha y especialmente apreciadas son las de oca. Para obtener una buena pluma de ave, a parte del corte, hay que templarla. Este temple puede obtenerse al calentar en un baño de arena el cañón de la pluma, limpio y pelado, durante unos pocos minutos. Pocas salen buenas, pero la buena, es buena.

La pluma metálica trae de fábrica el corte y el temple. A grandes rasgos podemos encontrar de dos tipos: las cuadradas y las acabadas en punta. Las primeras nos permiten realizar las caligrafías cuyo trazo es horizontal o descendente (gótica, carolingia, uncial, cancilleresca, rotunda, visigótica, etc.). Las segundas permiten hacer un trazo ascendente y se usan para caligrafías más modernas (inglesa, redondilla, francesa bastarda, etc.). En general las plumas metálicas no se pueden usar en la caligrafía árabe, a causa del trazo ascendente y descendente de su escritura.

Para terminar, señalaremos que los calígrafos tienen otros utensilios indispensables, especialmente si usamos el cálamo o la pluma de ave: el cuchillo o cortaplumas con que cortar las plumas, el tintero donde preparar la tinta y un raspador para hacer pequeñas correcciones.

La postura

La mano es quien escribe pero todo el cuerpo es quien lo sufre. Un copista medieval termina así el tratado que había copiado. Esto nos da idea de los males que una postura incorrecta puede causar al calígrafo.

Según estemos en occidente o en el lejano oriente, la postura del calígrafo diverge. En oriente generalmente el calígrafo se expresa de pie. En occidente lo hace sentado. El primero usa pincel, mientras que el segundo pluma. Aquí hablaremos más de nuestra tradición occidental y de lo que tiene en común con la islámica y la hebrea.

Hasta la edad media se escribía casi como quien pinta, es decir sobre una superficie inclinada a la manera de un caballete de pintor, aunque con menor inclinación. Ello permite que el cuerpo y la cabeza mantengan una postura erguida y que el brazo y la mano tengan libertad de movimientos. También se dice que esta postura permite un mayor control del flujo de la tinta sobre el papel.

Los tiempos modernos nos llevan a escribir sobre una superficie horizontal, o sea una mesa plana. Ello no impide los estudios y los consejos sobre la postura correcta. Esta postura correcta dependerá de si se es hombre o mujer, ya que esta condición conlleva una manera de sentarse, de coger la pluma, de colocar las piernas y los brazos; así mismo debe considerarse la relación de la altura de la silla y de la mesa en función de la altura del individuo. La enciclopedia "Diderot & d'Alembert", cuando habla del arte de la escritura, empieza precisamente con dos planchas que describen la postura de los hombres y la de las mujeres.

Esto, que puede parecer banal, es, al contrario, de gran importancia para el mantenimiento de una buena salud. En realidad los males que puede causar una mala postura son los mismos que causan una mala postura ante el ordenador, la herramienta caligráfica de la actualidad (si se me permite la broma).

 

La tinta

Uno de los grandes secretos de los  scriptoria  monásticos, también de los talleres medievales, era la fórmula de la fabricación de las tintas que les habían de permitir desarrollar su producción literaria o, para ser más preciso, función de copista.

Hasta la irrupción de las plumas metálicas en el siglo XIX, se usaban tintas hechas a partir de los taninos de las cortezas vegetales. Su principal virtud es la impermeabilidad al agua y otra virtud de igual importancia es el oscurecimiento de la tinta con el paso del tiempo, debido a su oxidación.

Es famosa la tinta obtenida de las agallas del roble, que dan un color marrón o sepia muy intenso. También lo es la tinta obtenida de la corteza del castaño de indias, de una tonalidad verdosa. Otra tinta bien conocida es la obtenida de la piel de las granadas.

La técnica es siempre más o menos la misma. Se disuelven las cortezas vegetales en agua, en caliente o frío según el caso, a fin de extraer los taninos; los cuales, al reaccionar con el vitriolo azul o verde (sulfato de cobre o de hierro), dan unas tintas magníficas. Su gran problema hoy: no son aptas para la pluma metálica, ya que la oxida con suma rapidez.

Otra tinta muy apreciada es la llamada tinta china, que como su nombre indica proviene de la China. La mejor es la que se presenta en barra y que se debe preparar y disolver en la piedra. Las que encontramos líquidas en el comercio presentan muchas dificultades para su uso con la pluma metálica.

Las tintas modernas, llamadas de estilográfica, son generalmente solubles al agua y de una gran estabilidad en condiciones normales. Las plumas metálicas primero y las plumas estilográficas después, provocaron la gran revolución de las tintas. La química ganó la batalla.

 

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